5 conductas tóxicas que tienen muchos padres con sus hijos

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5 conductas tóxicas que tienen muchos padres con sus hijos

No existe una definición exacta de lo que significa ser un padre tóxico o tener comportamientos tóxicos porque no son términos clínicos. Sin embargo, cuando una conducta o una relación es muy tóxica, es fácil percibirla. En algunos casos, los padres hacen mucho daño a sus hijos con las cosas que les dicen y estos acaban arrastrando esos traumas a su vida adulta.

En otras ocasiones, los patrones de comportamiento tóxicos de los padres son menos evidentes, pero también tienen potencial para hacerles mucho daño sin querer.

1. Chillar

Todos los padres les han gritado a sus hijos alguna vez, pero cuando se convierte en una costumbre, puede dañar la relación.

“Es muy importante que los padres reconozcan la diferencia entre un desliz puntual y una conducta dañina. En un mundo ideal, nadie chillaría a sus hijos, pero todo el mundo ha perdido la paciencia en algún momento de su vida”, comenta Peg Streep, autora de Daughter Detox: Recovering from an Unloving Mother and Reclaiming Your Life.

“Hay una gran diferencia entre un grito en un momento puntual (a poder ser, seguido de una disculpa) y un bombardeo continuo disfrazado de ‘disciplina’”, añade.

Gritar puede ser necesario en situaciones muy concretas, como cuando tu hijo está haciendo algo muy peligroso y tienes que llamar su atención enseguida. Más allá de eso, las investigaciones demuestran que gritar no es una forma efectiva de cambiar el comportamiento de tus hijos. Además, los estudios aseguran que puede reducir la autoestima de los niños y hacerles más propensos a conductas agresivas.

Es difícil saber dónde está el límite, pero si te das cuenta de que te estás justificando o racionalizando tu conducta, cuidado, advierte Streep.

Cuando sientas ganas de chillar, haz cualquier otra cosa, recomienda Carla Naumburg, trabajadora social y autora de How to Stop Losing Your Sh*t With Your Kids.

“Haz lo que sea para calmarte y quitarte la tensión de encima para poder concentrarte y relacionarte bien con tus hijos. Tal vez te cueste unos minutos, pero no pasa nada”, explica.

2. Comparar a los hermanos

Cuando tienes varios niños en casa, es difícil no pensar en sus parecidos y sus diferencias. Sin embargo, comparar a tus hijos en voz alta, aunque sea de forma aparentemente insignificante, puede hacerles mucho daño.

“Si tienes más de un hijo, haz el esfuerzo de no compararlos en voz alta, ni para bien ni para mal. Este trato diferenciado de los hijos es un objeto de estudio habitual entre los psicólogos”, asegura Streep.

Uno de esos estudios analizó el éxito académico de los primogénitos y los segundos hijos y entrevistó a los padres para conocer su opinión sobre las capacidades de sus hijos de forma individual y en comparación con su hermano. “Los investigadores descubrieron que las expectativas que los padres ponían en sus hijos influían en las notas que sacaban, aunque no tuvieran en cuenta las notas de evaluaciones anteriores”, explica Today’s Parent.

3. Poner etiquetas

Del mismo modo que comparar a los hermanos es un comportamiento muy tóxico, poner etiquetas también lo es, ya sean buenas o malas. Las etiquetas tienen la peligrosa capacidad de autorrealizarse y es difícil quitárselas de encima.

Las etiquetas dañan la relación entre los padres y los hijos. Al hacerlo, los padres empiezan a asociar todos los comportamientos de los hijos con las etiquetas que les han asignado en vez de profundizar en los motivos concretos por los que sus hijos se están desarrollando de ese modo.

Si los niños oyen que sus padres los califican de un determinado modo, quizás acepten que esa es su realidad y empiecen a actuar acorde a dicha etiqueta, aunque no les resulte natural.

Incluso etiquetas positivas como ”¡Qué inteligente eres!” pueden ser peligrosas, asegura Amy McCready, educadora de padres, fundadora de Positive Parenting Solutions y autora de If I Have to Tell You One More Time.

“Cuando a un niño le resaltas su inteligencia o sus buenas capacidades físicas, también le estás diciendo: ‘Solamente has conseguido superar ese objetivo por tus capacidades naturales, así que no tienes tanto mérito’. Es más, en el caso de que ese niño suspenda el siguiente examen, se sentirá aún más confuso y desanimado, porque empezará a poner en duda las capacidades a las que se aferraba. ‘Si soy tan inteligente, ¿por qué he fracasado?’”.

Como alternativa, reconoce y aplaude los esfuerzos de tus hijos, no sus resultados, o prueba el elogio descriptivo. Elogia acciones concretas en voz alta. “He visto que has ayudado a tu hermano a hacer esto. Me ha gustado que asumas esa responsabilidad” o “he visto que has intentado hacer esto hoy. Estoy orgulloso de tu esfuerzo”.

4. Enseñarle a ocultar sus emociones

Una de las misiones más importantes de los padres es enseñar a sus hijos a desarrollar inteligencia emocional ayudándoles a identificar y nombrar lo que sienten. Sin embargo, un niño no puede hacer eso si el mensaje que recibe de sus padres es que no debería tener esos sentimientos. Este problema es especialmente peliagudo si son emociones fuertes por algo que a ti no te parece para tanto y acaban expresándolas en forma de pataleta.

“Si le dices a un niño que es un bebé por llorar estás siendo cruel y le estarás enseñando a ocultar sus sentimientos”, señala Streep.

Recuerda que se llaman sentimientos porque deben sentirse; enséñales a exteriorizarlos correctamente.

“Si te enfadas contigo mismo porque te has olvidado de comprar leche en el súper, puedes compartir tu sentimiento: ‘Estoy enfadado porque me he olvidado de comprar leche y ahora tengo que volver’, y seguidamente enséñale a solucionar el problema siendo un modelo de conducta. También puedes explicarle a tu hijo: ‘Voy a respirar hondo unos segundos para calmarme. Normalmente me funciona’”, recomienda the Child Mind Institute.

“Ayuda a tus hijos a entender sus sentimientos y enséñales también la mejor forma de afrontar las frustraciones o los miedos que han provocado sus lárgrimas en primer lugar”, añade Streep.

5. Decirle “tú siempre” o “tú nunca”

Decirles a tus hijos que siempre hacen o nunca hacen algo no tiene ninguna utilidad. Los expertos aseguran que utilizar grandes generalizaciones es un indicio peligroso de que has dejado de tener curiosidad por lo que hace tu hijo, afirma Robbin McManne, fundador de Parenting for Connection.

Recuerda que debes mostrar interés por los motivos por los que tus hijos se comportan de una forma u otra en un momento determinado. En esos casos, es muy útil acercarte a tus hijos para no tener que chillar desde la otra punta de la casa y para demostrar que les estás prestando atención y no estás con otros asuntos.

Piensa en los comportamientos que te irritan o que quieres desterrar y quédate cerca de tus hijos para corregirlos antes de que sucedan. Déjales claros tus límites y ayúdales a corregir sus malas conductas. En vez de regañarles por no hacer nunca los deberes, asegúrate de que los hacen, ayúdales a corregir el vicio con paciencia. Cuando lo hagan, reconóceles el mérito.

 

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